Tengo miles de historias sobre condones. Generalmente me han pasado fuera de la cama y de mi habitación. Tengo grabada en mi memoria de la frescura aquella vez en que llegaron a visitarme sin avisar mi abuela con un grupo de sobrinas púberes y mientras las acomodaba en la sala y les ofrecía una gaseosa un solitario y lánguido “durex” yacía en medio de la alfombra verde de la sala. Un preservativo olvidado, perdido y flácido en medio de mi casa, allí sólo y triste después de haber acompañado en sus proezas a alguno de mis amantes, mientras mis invitadas no le quitaban el ojo de encima. Un estertóreo QUÉ ES ESOOOOOOO me animó a salvarlo de su ínsula, a tomarlo con cuidado entre mis dedos y a llevarlo a su sitio natural: el tacho de basura. Digo sitio natural porque imagino que les sonará familiar si les cuento que en un día de playa, tras estirar la toalla, encender un cigarrillo y tras sentir que la arena delicadamente se escurría en mi mano mientras recibía la espléndida brisa marina, un objeto plastificado no identificado se apoderaba de mis huellas dactilares. Full asco. Y ni qué decir de encontrarlo en otros lugares insospechados (más allá de alguna alfombra verde) como en un salón de clases de secundaria (sólo Dios sabe si es que no estaba usado), el baño del trabajo o de la disco (más común) o en el el micro (más asquiento todavía).
Pero no sólo el tema de los condones es un asunto geopolítico. También se tiene que tomar en cuenta su naturaleza social. No es lo mismo acostarse con alguien que saca de su aplastada billetera un preservativo donado por la posta de salud más cercana que con uno que te cuenta que lo prefiere con diseños en alto relieve y con sabor, como si él fuera que se lo va a meter a la boca. No es lo mismo un Gens de a luca a uno marca Vladi, y tampoco el típico condon ochentoso de envoltura amarilla con el logo del conejito de playboy rojo que mi viejo ocultaba en su cajón del escritorio y que jamás vi desaparecer. Ese era un clásico.
Pero peor es el condón que no existe, el desaparecido, el ausente más odiado, el que deseas como loca en el momento más exacto y te arrepientes de no haber llenado de material a tu closet a tiempo o de que el fulano no haya planificado un polvo aquella vez. Y entonces es una oportunidad perdida, donde no vale la pena arriesgar nada. Igual los polvos no se acaban, siempre vienen y van.
2 comentarios por mucho
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y entonces… ¿Qué hay de las marcas? No sé tú, pero a mí esas cosas de espuelas, aros etc, etc., no me producen ni cosquillas. Y bueno aquí en Lima no hay tallas. Pensé que las tallas no importaban, hasta que conocí a uno que sí necesitaba uno más grande que los demás.
comentario por makil Diciembre 11, 2008 @ 1:11 amel sexo es lo mas lindo del mundo
comentario por Anónimo Agosto 15, 2009 @ 1:44 am